
Gran revuelo ha causado una reciente y desalmada crítica realizada por Alonso Izaguirre a la película “El Premio” de Alberto Durant. Primero la susodicha crítica se publicó en Peru21. Luego los cineastas (bueno no todos, sólo algunos) respondieron con una carta que el diario publicó. Luego los críticos volvieron a defenderse con cartas en blogs y demás. La Asociación Prensa Cinematográfica (¿dónde queda eso?, mucho gusto) mando su comunicado. Cartas van, cartas vienen. Izaguirre se defiende. Guerra de intelectos. Corrección de supuestas imprecisiones. La libertad de expresión puesta en tela de juicio por una crítica cinematográfica. Toma que te doy. Los críticos, los más jóvenes y descaradamente renegones y rebeldes con causa, patalean. Parece ser la oportunidad que están esperando para llamar la atención. Los veteranos, tratan de guardar distancia, pese a que tampoco les gusta la nube de la censura. Nadie se mete con el cine peruano, ¡caracho!
¿Qué me parece todo esto? Pues una gran, enorme, masiva, delirante ridiculez. Leí la crítica de Izaguirre y cómo de costumbre me pareció mala. No es un gran crítico. Ni siquiera bueno. De regular para abajo, quizás. No es un insulto. No lo digo por fastidiar, lo digo porque creo que su juventud e inexperiencia le hace cometer serios deslices. Sus críticas no tienen fundamento. Simplemente se dedica a comparar con tal o cual película o con lo que más tiene a la mano y parece doler o joder más a sus víctimas: la televisión, encarnada por ese suceso mediático que son las series producidas por Efraín Aguilar, para muchos un síntoma del facilismo más latente de la televisión. 
Los directores se ofenden. “¿Yo parecerme a Betito?, no hay forma” (aunque presiento que muchos envidian su éxito). Izaguirre alude a Betito. Los cineastas se defienden afirmando despectivamente esos son sólo sainetes (por Dios, qué palabra más vieja). Al final ¿quién defiende a Betito? Lo meten en una guerra sin siquiera invitarlo. De todos los bandos le dan duro. Me pregunto ¿es el éxito síntoma de fracaso? ¿Qué tiene que ver él en este entierro? ¿Le hace daño a alguien? ¿Acaso no tiene mérito lograr captar la atención de la teleaudiencia? No lo entiendo.
Creo que la reacción de los cineastas es exagerada. Mi madre siempre me dijo que había que tomar las cosas de donde vienen. La crítica la hizo un crítico malo (no por malo de villano, si no por malo de desconocimiento). La gente no es estúpida. Se da cuenta de ello. ¿Había necesidad de convertirlo en mártir? ¿Acaso es la primera vez que sucede esto? ¿Cuántas veces ha pasado? ¿Por qué sólo se actúa cuando se toca a un cineasta veterano? ¿Acaso él no puede defenderse sólo? Ojo no intento pelearme con nadie. Sospecho que ni siquiera el propio Durant fue el gestor de la carta. Pero los cineastas deberíamos unirnos para otras cosas más productivas que estar contestando a niños malcriados. Además, uno puede defenderse solo.
Hace unos años los críticos Izaguirre y Jose Tsang escribieron furibundas críticas, una de ellas plagadas de adjetivos y algunos términos que bien pude tomar como insultos gratuitos, hacia mí y mi película Talk Show. Es feo comparar, y no pretendo lanzar un reclamo de porqué no se me defendió, sin embargo, jamás se me pasó por la cabeza la frase: ¿Oh, y ahora quien podrá defenderme?
Sí, me defendí, pero lo hice sólo. Le repliqué a Izaguirre (http://cabezashuecas.blogspot.com/2006/12/una-de-las-primeras-crticas-mi-pelcula.html) y a Tsang (http://cabezashuecas.blogspot.com/2006/12/careta-china.html) yo sólo. Nadie me dijo que lo haga. Nadie me ayudó a hacerlo. Nadie me sopló. Nadie más firmó la carta. Sólo yo. ¿Entonces ahora porqué el carga montón? Bastaba con decir que la crítica de Izaguirre es mala. Nada más.
La crítica y el público están divorciados desde hace tiempo. ¿Entonces porqué hacer caso? Igual es extraño. Hay un amor odio realmente desbordante. Los cineastas se quejan de los críticos. Sin embargo, los invitan como jurados para sus premios. Los críticos se quejan de las películas peruanas. Sin embargo tienen un representante que las elige. ¿Quién entiende?
Ahora los cineasta (bueno no todos, sólo algunos) siguen irritados. Los críticos veteranos sorprendidos ante el atrevimiento de la juventud y la queja del sagrado cine peruano. Los mozuelos críticos (aunque algunos ya han crecido bastante) se mantienen orgullosamente indignados y atrincherados. ¿Quién gana? ¿Quién pierde? ¿A alguien le importa? No lo creo. Ni siquiera a Betito, quien sigue trabajando silenciosamente con ese éxito que muchos, incluido críticos y cineastas, envidian, aunque sea un poquito. Así lo nieguen.
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Nunca he tenido especial predilección o fanatismo por Star Trek. Sus personajes me parecían simpáticos, pero la serie nunca me atrapó. Y eso que le di más de una oportunidad. No comprendía sus códigos intergalácticos y menos su extraño sentido del humor. Luego llegaron las películas. Nada. Sólo vi la primera y tampoco me atrapó. Las siguientes secuelas las dejé pasar. Simple prejuicio.
Luego vinieron las series con nuevas generaciones. Nada de nada. Sabía de los personajes. Me eran reconocibles, pero nunca me enganché con sus historias. Pensé que era una causa perdida. Sabía de Kirk, Spock, McCoy, Scotty, Uhura, Picard, Data, etc, pero no me interesaban muchos sus aventuras. Digámoslo ya, sentía más simpatía por Star Wars que por Star Trek. ¡Han Solo Corazón!
El anuncio de una nueva Star Trek en la pantalla grande no me causaba mayor emoción, aunque sí mucha curiosidad. El director sería J.J. Abrams, quien no sólo había logrado triunfos rotundos en televisión si no que había logrado una admirable película de acción: Misión: Imposible 3. Eso sí, imaginaba que los millones de fanáticos alrededor del mundo (conocidos como trekies) estarían expectantes ante esta reinvención del mito Star Trek. Reemplazar a William Shatner y Leonard Nimoy era realmente una tarea muy difícil. Complacer a los fanáticos era aún más complicado.
Entonces ¿cómo reinventar la saga?, ¿cómo darle un nuevo respiro?, ¿cómo complacer a los millones de fanáticos?, pero aún más importante ¿cómo enganchar a nuevos seguidores, que como yo, habían perdido la esperanza de emprender un largo viaje a las estrellas? Pues la respuesta ya la tenemos en pantalla: brindándole a la saga un ritmo trepidante, potenciando el particular carisma de los personajes, sorprendiéndonos con sensacionales efectos especiales, poniéndonos al borde de nuestros asientos con enérgicas escenas de acción, manteniendo un halo de respetuosa nostalgia. Un combo difícil, pero que con muchísima habilidad Abrams ha conseguido unir, dotando a la saga de nuevos brillos.
La película no sólo es entretenida sino que además nos acerca a la mitología creada por Eugene Gene Wesley Roddenberry con enorme respeto, pero sin caer en la monotonía ni repetir fórmulas. Difícil no engancharse con las primeras imágenes. Potentes y enérgicas, somos testigos del nacimiento de del mismísimo Jim Tiberius Kirk en medio de una batalla espacial. Un momento en donde Abrams demuestra todo lo que sabe. El estruendoso sonido da paso a inmensos silencios que nos introducen a una historia plagada de acción, pero también de mucho drama. Sigue la presentación del niño Spock, dando rienda suelta a sus emociones más primarias. La película no para. Las hermosas melodías de Michael Giacchino dan paso a la enérgica Sabotage de los Beastie Boys, con el niño Kirk desafiando la muerte y a la policía del futuro. Sigue el joven Spock mostrando su enorme amor hacia su madre y desafiando al consejo Vulcano. Turno del joven Kirk peleando en un bar. En medio de estas acciones conocemos a Uhura y McCoy. Pronto estamos en el espacio y el enfrentamiento con el villano Nero es inevitable y absolutamente bienvenido.
Star Trek es una película de matinée. Entretenida, fresca, sorprendente. Uno no puede dejar de sonreír mientras la ve. Al menos así la disfruté yo. Está bien estructurada y con una narración limpia al servicio de los personajes. Las actuaciones están a la altura. Chris Pine y Zachary Quinto, son perfectos como los nuevos Kirk y Spock. El primero tiene el don del desparpajo y la conchudez de un joven rebelde, el segundo el conservadurismo que su investidura dentro de la Flota Estelar le otorga, pero también la contención de emociones ante trágicos sucesos. Por su parte Zoe Saldana no sólo le otorga una extraordinaria belleza a Uhura sino que la dota de fuerza y ternura. Karl Urban y el gran Simon Pegg, como McCoy y Scotty respectivamente, son divertidos y carismáticos, mientras que Eric Bana es oportunamente malo e intenso. Mención aparte a Leonard Nimoy, quien vuelve a interpretar Spock, en una inusitada, pero oportuna vuelta de tuerca.
Confieso que desde ahora seguiré con mucho más interés esta saga. Pero también las siguientes aventuras cinematográficas de Abrams, quien demuestra ser un experto tanto en cine, como en entretenimiento. Abrams ha logrado lo que Lucas desperdició con sus precuelas de Star Wars, hacer que toda la parafernalia de efectos especiales esté al servicio de la historia y de los personajes. No al revés. Y eso por si solo es un enorme acierto.
Foto 1: Leyenda: La impresionante nave Enterprise, un ícono de la ciencia ficción.
Foto 2: Dueto: Chris Pine y Zachary Quinto son los nuevos Kirk y Spock, ambos cumplen con creces en la nueva Star Trek.
Foto 3: La Yunta Brava: Los chicos del Enterprise se unen por primera vez, sólo falta Spock.
Foto 4: El malo: El notable Eric Bana interpreta al villano Nero. Un acierto.
Foto 5: Belleza intergaláctica: Zoe Saldana es la nueva Uhura, principal elemento femenino de Star Trek, quien roba corazones en el Enterprise.
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Veinte mil personas. Un artista único sobre el escenario. Música de primera. ¿Qué podría arruinar una velada perfecta? ¡Andrea Bocelli en Lima! ¿Algo podría opacar la impecable y potente voz del italiano? Veamos.
Imaginen la siguiente escena: Bocelli y compañía sobre el escenario, un sonido claro y sin baches, un Jockey Club repleto, un espectáculo de lujo… Esperen, todavía no termino… Pan con chorizo al por mayor, tías pitucas emperifolladas con sus mejores atuendos, Lords de esquina gritando por celular, espectadores impuntuales desesperados por llegar a sus asientos, acomodadores inexpertos acumulando a malcriados tardones. La estupidez es una enfermedad contagiosa y en lugares cerrados se propaga rápidamente.
Un concierto de música clásica implica una especial atención. No se trata de ir a un evento para sentirse culto o para tener tema de conversación al día siguiente. Sospecho que muchos lo hicieron con ese afán. Otros no. En realidad, no hay que ser muy conocedor para saber apreciar la música. Claro, para cualquiera es difícil concentrarse si tenemos a una señora vestida de gala, chillando por su célular: “¡Ya llegué! ¡¿Dónde estás?!”. O a un tío de voz gangosa intentando pasarle la voz a un amigo varios metros más allá: “¡Ya voy! ¡No me dejan pasarrrr! ¡Dicen que tengo que esperar a que acabe la canción!!!!!”
Como en cualquier espectáculo de música clásica, durante la ejecución de las melodías no se permite el ingreso. Pero aquí hubo una pequeña confusión: la idea era no permitir el ingreso al recinto, en cambio se prefirió aglutinar a los tardones en la entrada a los pasadizos. Al costado de butacas ya ocupadas por un público puntual y concentrado en el espectáculo, teníamos a decenas de extraños personajes que, pese a haber llegado tarde, reclamaban a voz en cuello que querían pasar. Difícil explicar el sentimiento que nos embargó al escuchar la potente voz de Andrea Bocelli fusionada con la estruendosa labia del pituco criollón que no se deja pisar el poncho. “¡Oe, yo he pagado mi entrada!!!”
Un poco más temprano, otro grupo socorría su insaciable estómago y de paso al distinguido abdomen de sus elegantes damas. Qué mejor compañía para escuchar la impecable ejecución de La Orquesta Sinfónica Nacional que un pan con chorizo. La gente había pagado un huevo de plata por ver un show de lujo, pero el espectáculo estaba incompleto sin un suculento choripan de 8 soles. Lo peor es que muchos pudieron comprarlo antes o en el intermedio, creado para estos menesteres. No, al parecer la música clásica despierta el apetito. Imposible resistirse. Los ternos bien planchados, las luminosas galas y los interminables tacos eran un culto a la música y al pan con chorizo.
De repente un humo blanco pasaba sobre nuestras cabezas. ¿Era algo mágico? ¿Un efecto especial? No, en un momento de extrema creatividad, los choriceros decidieron apagar la parrilla en medio de la ejecución de El Choricero… perdón El Barbero de Sevilla.
Pero eso no fue todo, mientras Bocelli hacía maravillas en el escenario, nada mejor que comentar los acontecimientos. Vendedores, seguridad, parrilleros departían y reían sin darse por enterados de lo que ocurría en el escenario. Iracundos espectadores no dudamos en intentar acallar su entusiasmo ante el chiste del día. Lo mismo con las refinadas damas y los distinguidos caballeros que conversaban por celular intentado ubicar, otra vez, a la comadre Panchita o al primo Ruperto. Pero ni los más destemplados gritos de algunos ya desesperados espectadores pudieron acallar la estupidez masiva, la cual a esas alturas se había propagado de manera alarmante.
Poco a poco, como cualquier virus, éste empezó a extinguirse. Al menos eso pensé yo. Sin embargo, minutos antes de finalizar el concierto, una horda de espectadores empezó a retirarse del recinto. Bocelli regresó hasta cuatro veces, sin embargo, muchos espectadores prefirieron partir. Eran filas enteras que salían. Aunque suene a broma de mal gusto, en ese momento no pude dejar de pensar en que fue mejor que el señor Bocelli no viera esa inesperada estampida. Hubiera sido bochornoso. Muchos dirán que era para evitar el tráfico, pero es raro que un público supuestamente culto no esté lo suficientemente comprometido como para quedarse hasta el final. Lo increíble es que por más galas que luzcan algunos veteranos, son los excéntricos y relajados rockeros quienes demuestran un mayor respeto por el artista que van a ver sobre el escenario. Es extraño, pero esa noche me di cuenta de que, pese a la impecable organización, algunas conductas humanas no pueden controlarse.
Al día siguiente, mi amigo Juan Carlos me contaba una anécdota que resume este descontrol: Una distinguida señora llegaba tarde a su ubicación. Inesperadamente otra elegante señora ocupaba su sitio. La distinguida le increpó a la elegante. Luego de un intercambio de palabras, la elegante le contestó con una fina mentada de madre. La distinguida se apresuró en responder lanzando un soberano y refinado lapo. Todo en medio del espectáculo. El buen Juan Carlos no pudo aguantarse y trató de apaciguar a las inquietas damas con una frase memorable: “¡Señoras, por si acaso este es el concierto de Andrea Bocelli, no el de Tongo!”. En algo se equivocó Juan Carlos, esas cosas tampoco pasan en un concierto de Tongo.
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Trato de entender mi atracción (y escondida fascinación) por las películas estúpidas, superfluas, frívolas. ¡Por Dios, estudié cine! Me apasiona. Lo enseño. ¿Acaso soy un timador? ¿Acaso en vez de parecer un cineasta y docente comprometido con el arte, me rebelo como un espectador promedio y de mal gusto?
¿Debería estar avergonzado? ¿Debería estar abocado a ver sin descanso una filmografía más bien seria, erudita, subliminalmente trascendente? Cine europeo, independiente, asiático, denso, culto, aquel de los grandes maestros. Suelo buscar ese tipo de películas, pero el problema es animarme a verlas. Siento temor. ¿Y si me aburro? O lo que es peor, y si me duermo. Eso sería una traición al séptimo arte.
Tengo una teoría. Ver una película necesita de una concentración especial. Saber digerirla. Intentar leer lo que nos quiere decir el director. Captar sus sutilezas. Entender las metáforas. Estar dispuesto a captar los mil y un vericuetos del lenguaje cinematográfico. Pero ¿hay tiempo para eso? Mis días de crítico de cine ya fueron. Lo disfruté y además me pagaban por hacerlo. Hoy ando en otra.
Estoy en un momento importante. Trabajo en proyectos que me entusiasman. Y no sólo son cinematográficos. Es un periodo de efervescencia y desarrollo de ideas. A estas alturas de mi vida, quiero embarcarme en proyectos originales y ganar dinero con ellos. ¡Sí, el Perú es un país creativo! Sólo nos falta aprender a valorar esa creatividad. Dirán que me vendí al sistema. Sí pues. ¿Alguien está fuera de él?
Entonces, y volviendo al tema: ¿tengo tiempo para ver películas que enriquezcan mi alma y mi conocimiento cinematográfico? Repito, mis días de crítico de cine ya fueron. Lo disfruté y recibía un sueldo por dar mi opinión.
Hoy salgo temprano de mi casa. Dicto clases, reviso mis guiones y voy a reuniones. Casi no paro. Me gusta mi chamba. Y cuanto más ocupado estoy, pues mejor. Cuando tengo días muertos, me aburro. Me gusta mi independencia. Estar en mi auto, comer en él porque no me alcanzó el tiempo para sentarme en algún restaurant, cafetería o panadería. Mientras manejo, las ideas continúan. ¿Y si hago esto? ¿Y si esto le interesa a esta empresa? ¿Esto otro podría ser interesante? ¡Qué viva la creatividad! Las llamadas no paran. ¡Ya estoy llegando! ¡Terminó mi reunión y te llamó! ¡Alo, tengo una idea!
Con suerte llego a mi casa temprano. A veces a las 9, 10, 11 de la noche. A veces a las 4, 5, 6 de la tarde cuando tengo que corregir un guión o trabajos de alumnos. La noche cae. Momento de relajarse, de disipar la mente. ¿Qué hacer? Pues obvio, ver una película. Soy cineasta, debo enriquecer mi alma y llenarme de conocimiento. ¿Qué ver? Pues para ser sincero, el intenso drama iraní, plagado de filosofía y pensamientos radicales, no es mi primera opción. Quiero relajarme. Quedarme dormido sin sentimientos de culpa. Y qué mejor que una comedia pícara o estúpida, una película de acción, llena de explosiones, puñetes y patadas, o una delirante película de terror y suspenso, con sangre a granel y sustos inesperados y efectistas. Diversión y relax en pos de una necesaria y bienvenida catarsis. 
¡OK!¡Lo confieso! Acabo de ver “Superhéroes, la película”. Pude escoger otra, pero no, quería relajarme. Y no me arrepiento. Necesitaba una cinta intrascendente. Una película que pueda ver durante media hora, luego dormirme, despertarme, retomar desde donde me quedé, reírme con chistes tontos, no reírme con excesos escatológicos. Lo necesitaba. Dejar de ser el cinéfilo comprometido con el arte y convertirme en un espectador primario, con la idea básica de divertirme. Para otro día será el intenso drama iraní, plagado de filosofía y pensamientos radicales. Claro, si el ánimo y el intenso trabajo lo permiten.
Foto 1: Prohibido Dormir: El cine de entretenimiento causa sobresaltos y risas que finalmente nos relajan. No todo el cine tiene porqué ser culturoso.
Foto 2: Dulces Sueños: Más de uno sucumbido al cansancio en medio de la proyección de una película.
Foto 3: Placer culpable: Superhéroes, La Película, cinta intrascendente que sólo busca divertir. Lo logra sólo en parte, pero en medio de la voragine del trabajo diario se agradece el intento y el que nos arranque una que otra sonrisa cómplice.
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