SEXO DURO


Aunque muchos piensen que exagero, no tengo dudas de que uno de los cineastas más sorprendentes e influyentes de los últimos años es John Cameron Mitchell.

Director de una obra increíble, colorida, delirante, provocadora, emocionante y sorprendente titulada Hedwig and the Angry Inch, la cual protagoniza y dirige, su regreso era muy esperado.

Hace algunos años cuando visitó el Festival de Cine de la Católica acompañando su Hedwig (sí, estuvo en Lima) mencionó que su próxima película era una acercamiento al sexo. Lo mencionó en varias entrevistas y comentó que se trataba de un proyecto bastante complicado, pues debía mostrar a parejas de distinta opción sexual practicando sexo explícito.

Luego de varios años, finalmente llegó Shortbus y luego de verla entendemos a lo que se refería. Y es que la película es una sucesión de historias que tienen como eje de acción el sexo y sus derivados. La secuencia inicial es simplemente brillante. Presenta a los diversos personajes entregados a los placeres sexuales. En pareja o en solitario, pero siempre de forma excesiva e impactante.

Cabe mencionar que no hay truco. El acto sexual se realiza y Mitchell se encarga de enfatizarlo con explícitos encuadres. ¿Es excesivo? Puede ser, supongo que es cuestión de sensibilidades. Lo que queda claro de arranque es que la película no es fácil de digerir y que, aunque está bastante alejada del colorido mundo de Hedwig, comparte con ella su poder de provocación.

Eso sí, Shortbus muestra un mundo real, pero igual de alucinado que el de Hedwig. El grupo de neoyorkinos a los que Mitchell se aproxima viven sus excesos como parte de una terapia personal en la cual cohabitan culpas, tristezas, alegrías y traumas. Todo en un Nueva York post 11 de setiembre.

John Cameron Mitchell no pretende gustarle a todos. Si bien sus películas poseen, dentro de todo, un halo de ternura y humanidad, es interesante observar detenidamente los riesgos a los que se somete dentro de una industria como la norteamericana. Sexo explícito que muchos tildarán de pornográfico, pero que en manos de un realizador inspirado como Mitchell se convierte en una breve parte de un enorme mural sobre las relaciones humanas.

Por lo pronto, ya se anunció la siguiente película del director: Oskur Fishman, la cual es descrita como un moderno cuento de hadas entre El Submarino Amarillo y El Mago de Oz. Un proyecto que en algún momento le fue atribuido a Tim Burton y Jonas Akerlund y en el que podrían estar involucrados Ben Kingsley y Winona Ryder, aunque recientemente se menciona la presencia de la muy solicitada Scarlett Johansson. ¿El ingreso de John Cameron Mitchell a los grandes estudios? ¿Quién sabe? En todo caso, el contar con mayores presupuestos no debería ser un demérito ¿no? Esperemos confiados.

Foto 1: Menage a Trois: Actores Raphael Baker y Sook-Yin Lee, junto al director John Cameron Mitchell en alto del rodaje de la polémica Shortbus.

Foto 2: Glam Rock: Hedwig and the Angry Inch, película de culto basada en el musical off broadway creado por el propio Mitchell. En la foto irreconocible al centro como Hedwig. En el Perú fue interpretado por un notable Giovanni Ciccia.
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LA VERDAD DEL MAQUILLAJE

A estas alturas son pocos los momentos de ocio que uno tiene, así que cuando los tenemos, pues hay que aprochecharlos bien y pensar en algo interesante. Así, después de meditar mucho sobre la inmortalidad del mosquito, decidí pasar a otro tema que me inquieta desde hace mucho. Las mujeres y las mentiras.

Quiero aclarar que no me considero machista y que por el contrario, y quienes me conocen los saben bien, siempre he considerado que las mujeres son el verdadero el sexo fuerte. Yo realmente las admiro. Sin embargo, no se puede tapar el sol con un dedo. Las mujeres están predestinadas a mentir. Son educadas para eso desde niñas, cuando inocentemente les enseñan a maquillarse.

¿Qué es el maquillaje, en realidad? Alguien lo ha pensado detenidamente. Las mujeres dirán que son productos que utilizan para realzar su belleza. Muy conveniente. Pero que significa realmente "realzar su belleza", pues simplemente arreglarse el rostro, a veces poco, a veces mucho.

Partiendo de ese punto, el principal uso del maquillaje es engañar a los hombres. Y nosotros, hay que confesarlo, terminamos idiotizados. Porque un buen maquillaje arregla cualquier cara y las mujeres lo saben. Lo dicho, se lo enseñan desde chiquitas.

Es cierto, hay muchas que tienen un rostro bonito y no necesitan muchos retoques, pero que pasa con las que no son muy agraciadas. Son ellas las que aprenden con mayor esmero donde colocar sombras y polvos en el lugar correcto, tapando así las imperfecciones de la piel.

Para colmo, no faltan las que escogen las discotecas como su lugar de ataque y conquista. Bueno, al menos así era en mi época. Sospecho que las cosas no han cambiado mucho.

La disco es el lugar perfecto para disimular rollos, granos y en algunos casos hasta bigotes. Allí muchas chicas tienen el apoyo de los efectos de luces, los que mezclados con el maquillaje, las hacen lucir radiantes.

Se convierte en la versión femenina de La Guerra de Las Galaxias. Confieso que hace tiempo que no voy a una discoteca, pero me ha pasado que he creído conocer a la Princesa Leia y al día siguiente me he encontrado cara a cara con Chewbacca.

Todos alguna vez hemos conocido a la chica perfecta en una discoteca. Con un vestido sensualmente apretado y el rostro inmaculado gracias al maquillaje. Si uno tiene suerte y hay química, la cosa se pone romántica y terminas en medio de una noche de copas, una noche loca. Nada te hace presagiar lo que viene después.

Llegas a una habitación y empiezas a sacarle la ropa. A la mitad sólo quieres volver a ponérsela. Claro, con el pantalón ajustado luce espectacular, pero sin él los mondongos se descuelgan. De repente aparece una verruga en el medio de la nariz. Te preguntas ¿cómo no la he visto si es enorme? ¿Tanto he tomado? Tratas de olvidarte de esa incómoda imperfección y decides acariciarle la cintura, pero el problema es que no la encuentras. Terminas desmotivado y haces las cosas con desgano y un poco por cumplir.

Después de eso es preferible hacerse el dormido y echarle la culpa al trago. Ellas igual suelen percibir tu falta de ánimo y preparan su venganza. No hay autocrítica. Ellas no son el problema, quien falla es uno. Repentinamente nos convertimos en el impotente de turno. Así de sencillo.

Al día siguiente la mejor amiga se entera de que eres un amante desastroso y ella se lo cuenta a su prima, quien a su vez se lo dice a su compañera de trabajo, que termina chismeando con su vecina, quien, ¡oh sorpresa!, termina siendo amiga de la bartender de la discoteca donde conociste a la susodicha. Obviamente todo llegará a oídos del portero de la disco, quien desde ese momento te mirará con una sonrisa burlona. Allí nuestro martirio recién comienza. Y todo por culpa del bendito maquillaje.


Foto 1: Engaña Muchachos: Detrás de su inofensiva apariencia se esconden muchas cosas.

Foto 2: Contracara: Sorprendente cambio y todo con la ayuda de una retocadita.
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YO AMO LA PALOMA


Hace unos días, mi esposa Fiorella comentaba mi casi inquietante afición de acumular animales. Animal que entra en mi casa, difícilmente sale. Y no es que tenga delirio de Elmira (la de los Tiny Toons) o complejo de San Martín de Porras. En realidad, es difícil de explicar, simplemente me encariño con ellos.

Alguna vez quise comprar un lagarto porque sentí que me miraba con simpatía. En ese entonces, mi madre, sabia como de costumbre, me comentó que podía traer al carismático reptil, sólo sí aceptaba hacer mis maletas y salir de la casa. Obviamente por mucho que me simpatizará el animalejo, preferí gozar de las comodidades de mi hogar.

El comentario de Fiore se dio a raíz de la llegada de una paloma, aparentemente herida, que escogió el patio trasero de mi casa para refugiarse. O sea, no escogió el patio del vecino, escogió mi patio, así que ese simple hecho ya me llenaba de un extraño orgullo.

El ave había llegado sola y allí estaba yo junto a mis hijos observándola emocionado, como si fuera la primera vez que viéramos una paloma.

Pronto empezamos a colocarle pan, arroz y agua y luego tratamos de acercarnos con la vaga esperanza de convertirnos en sus amigos. Bueno, en realidad no tratamos, traté de acercarme con la enorme esperanza de convertirme en su amigo. Lógicamente (ahora me parece lógico), Chester, así le puso mi hijo mayor, daba ligeros pasos alejándose de mi, lo que no fue impedimento para que pasada una semana ya lo considerara parte de la familia. No importaba que de vez en cuando decidiera aletear en la cocina, tampoco su mirada recelosa y menos aún que haya cagado medio patio, para mi su presencia ya era importante.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que la dichosa paloma, perdón Chester, desapareciera. Como dijo Laura Pausini, “se fue… se fue”…

No lo conocía mucho, pero es raro que bastaran unos pocos días para encariñarme con el bueno de Chester. Por eso lamenté su partida. Quizás por que pensé que su llegada podía ser parte de una señal divina o que su presencia representaba la paz dentro de mi hogar o que simplemente había que hacerle caso al famoso refrán “más vale pájaro en mano…”

Por ahí me han comentado que diariamente Chester reaparece en busca de pan, arroz y agua. Yo sospecho que lo dicen para hacerme sentir mejor, pues al menos yo no he vuelto a encontrar caca de pájaro en el patio.

Foto 1: Libro de Cabecera: ¿Qué estará haciendo el bueno de Chester?
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"Para mi, el cine son cuatrocientas butacas que llenar". (Alfred Hitchcock)

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