Estupidez Masiva


Veinte mil personas. Un artista único sobre el escenario. Música de primera. ¿Qué podría arruinar una velada perfecta? ¡Andrea Bocelli en Lima! ¿Algo podría opacar la impecable y potente voz del italiano? Veamos.

Imaginen la siguiente escena: Bocelli y compañía sobre el escenario, un sonido claro y sin baches, un Jockey Club repleto, un espectáculo de lujo… Esperen, todavía no termino… Pan con chorizo al por mayor, tías pitucas emperifolladas con sus mejores atuendos, Lords de esquina gritando por celular, espectadores impuntuales desesperados por llegar a sus asientos, acomodadores inexpertos acumulando a malcriados tardones. La estupidez es una enfermedad contagiosa y en lugares cerrados se propaga rápidamente.

Un concierto de música clásica implica una especial atención. No se trata de ir a un evento para sentirse culto o para tener tema de conversación al día siguiente. Sospecho que muchos lo hicieron con ese afán. Otros no. En realidad, no hay que ser muy conocedor para saber apreciar la música. Claro, para cualquiera es difícil concentrarse si tenemos a una señora vestida de gala, chillando por su célular: “¡Ya llegué! ¡¿Dónde estás?!”. O a un tío de voz gangosa intentando pasarle la voz a un amigo varios metros más allá: “¡Ya voy! ¡No me dejan pasarrrr! ¡Dicen que tengo que esperar a que acabe la canción!!!!!”


Como en cualquier espectáculo de música clásica, durante la ejecución de las melodías no se permite el ingreso. Pero aquí hubo una pequeña confusión: la idea era no permitir el ingreso al recinto, en cambio se prefirió aglutinar a los tardones en la entrada a los pasadizos. Al costado de butacas ya ocupadas por un público puntual y concentrado en el espectáculo, teníamos a decenas de extraños personajes que, pese a haber llegado tarde, reclamaban a voz en cuello que querían pasar. Difícil explicar el sentimiento que nos embargó al escuchar la potente voz de Andrea Bocelli fusionada con la estruendosa labia del pituco criollón que no se deja pisar el poncho. “¡Oe, yo he pagado mi entrada!!!”

Un poco más temprano, otro grupo socorría su insaciable estómago y de paso al distinguido abdomen de sus elegantes damas. Qué mejor compañía para escuchar la impecable ejecución de La Orquesta Sinfónica Nacional que un pan con chorizo. La gente había pagado un huevo de plata por ver un show de lujo, pero el espectáculo estaba incompleto sin un suculento choripan de 8 soles. Lo peor es que muchos pudieron comprarlo antes o en el intermedio, creado para estos menesteres. No, al parecer la música clásica despierta el apetito. Imposible resistirse. Los ternos bien planchados, las luminosas galas y los interminables tacos eran un culto a la música y al pan con chorizo.

De repente un humo blanco pasaba sobre nuestras cabezas. ¿Era algo mágico? ¿Un efecto especial? No, en un momento de extrema creatividad, los choriceros decidieron apagar la parrilla en medio de la ejecución de El Choricero… perdón El Barbero de Sevilla.
Pero eso no fue todo, mientras Bocelli hacía maravillas en el escenario, nada mejor que comentar los acontecimientos. Vendedores, seguridad, parrilleros departían y reían sin darse por enterados de lo que ocurría en el escenario. Iracundos espectadores no dudamos en intentar acallar su entusiasmo ante el chiste del día. Lo mismo con las refinadas damas y los distinguidos caballeros que conversaban por celular intentado ubicar, otra vez, a la comadre Panchita o al primo Ruperto. Pero ni los más destemplados gritos de algunos ya desesperados espectadores pudieron acallar la estupidez masiva, la cual a esas alturas se había propagado de manera alarmante.


Poco a poco, como cualquier virus, éste empezó a extinguirse. Al menos eso pensé yo. Sin embargo, minutos antes de finalizar el concierto, una horda de espectadores empezó a retirarse del recinto. Bocelli regresó hasta cuatro veces, sin embargo, muchos espectadores prefirieron partir. Eran filas enteras que salían. Aunque suene a broma de mal gusto, en ese momento no pude dejar de pensar en que fue mejor que el señor Bocelli no viera esa inesperada estampida. Hubiera sido bochornoso. Muchos dirán que era para evitar el tráfico, pero es raro que un público supuestamente culto no esté lo suficientemente comprometido como para quedarse hasta el final. Lo increíble es que por más galas que luzcan algunos veteranos, son los excéntricos y relajados rockeros quienes demuestran un mayor respeto por el artista que van a ver sobre el escenario. Es extraño, pero esa noche me di cuenta de que, pese a la impecable organización, algunas conductas humanas no pueden controlarse.

Al día siguiente, mi amigo Juan Carlos me contaba una anécdota que resume este descontrol: Una distinguida señora llegaba tarde a su ubicación. Inesperadamente otra elegante señora ocupaba su sitio. La distinguida le increpó a la elegante. Luego de un intercambio de palabras, la elegante le contestó con una fina mentada de madre. La distinguida se apresuró en responder lanzando un soberano y refinado lapo. Todo en medio del espectáculo. El buen Juan Carlos no pudo aguantarse y trató de apaciguar a las inquietas damas con una frase memorable: “¡Señoras, por si acaso este es el concierto de Andrea Bocelli, no el de Tongo!”. En algo se equivocó Juan Carlos, esas cosas tampoco pasan en un concierto de Tongo.

"Para mi, el cine son cuatrocientas butacas que llenar". (Alfred Hitchcock)

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